Yo nací en una cuartería y, aún hoy, el sabor del tomate me transporta a aquella primera infancia polvorienta por el incesante paso del viento.
Cuando leí la novela de Steinbeck, vi algo del protagonista en mi padre: la impotencia ante tanta miseria. Ante tanto abuso de los exportadores con los más necesitados; que eran todas aquellas familias que vivían del polvo porque los tomates buenos se exportaban.
Se habla poco de aquella ignominia porque, a la sazón, todos estaban compinchados, todos menos quienes mordían la tierra de sol a sol. Aquellos explotadores no pagaron una céntimo por el futuro de aquellas mujeres y hombres que quedaron sin pensión.
Mi padre, que fue toda su vida oficinista asalariado, tuvo que ir a trabajar a un supermercado en el sur en los 70 para retirarse con una mísera pensión.
Nadie, absolutamente nadie, movió un hilo para reclamar el dinero robado y creo que deberíamos reclamar justicia, porque ahí siguen explotando.