He estado en lugares que parecían irreales.
He visto auroras bailar sobre una carretera vacía en Islandia. He caminado entre pirámides bajo el sol inmóvil de Egipto. He buscado sentido en Japón, donde el silencio también enseña. He sentido la pequeñez humana frente a las montañas de Yosemite, en California. He escuchado el trueno de Niágara subir en Canadá
Esos lugares, y muchísimos más, me han regalado una forma distinta de mirar el mundo.
Y sin embargo, hoy, en Petra, sentí algo diferente. Entré a las siete de la mañana, cuando el día aún no sabía quién era. El Siq me recibió como una garganta de piedra que se traga el ruido del mundo.
Y entonces apareció el Tesoro.
No como un edificio, sino como una emoción súbita, como una puerta abierta a otro tiempo. Después comenzó la subida: tumbas, teatro, columnas, roca viva que cambia de color con el sol.
Mientras avanzaba pensé en los caminos que me habían traído hasta aquí: Islandia y su luz que parecía venir del más allá, Egipto y su obsesión por la eternidad, Japón y ese sentido profundo donde el silencio también enseña, Yosemite y su tamaño de catedral natural.
Comprendí que todos esos lugares no eran destinos aislados, eran estaciones de un mismo viaje. Pensé en los nabateos, en su fe en el sol, en su respeto por la montaña, en su manera de dialogar con la piedra y con el agua. Pensé en cómo el ser humano, cuando escucha a la tierra, es capaz de crear belleza sin violencia.




