sábado, 15 de agosto de 2026

Los caminos que me debía la vida

De niño conocí las penurias y miserias de pertenecer a una familia pobre. Había poco, pero nunca me faltaron los sueños. Y muchos de aquellos sueños tenían forma de caminos y lugares que entonces parecían inalcanzables.

Hoy miro atrás y me sorprende lo recorrido: 23 países, 230 ciudades y cuatro continentes. He conocido toda Canarias y toda España, y quizá eso sea lo más importante para mí: haber recorrido primero mi propia tierra antes de salir a descubrir el mundo.

Creo que he viajado más que toda aquella gente que me rodeaba cuando era niño. No lo digo como una competición, sino con cierta emoción: aquel mundo que entonces parecía tan grande y tan lejano terminó estando bajo mis pies.

Y todavía me quedan ganas. Quiero seguir viajando, seguir descubriendo y seguir caminando mientras la vida me deje.

No necesito decir que estoy orgulloso de mí, prefiero decirlo de otra manera:


Estoy contento con mis caminos.

Porque aquel niño que tenía tan poco nunca dejó de soñar con un mundo enorme. Y, de alguna manera, terminó caminándolo.



jueves, 28 de mayo de 2026

El camino mereció la pena

 

Mis primeros recuerdos no son de lugares ni de casas. Son de mi hermano Roque. Crecimos juntos, compartiendo juegos, travesuras y ese pequeño universo que para dos niños lo era todo.

Vivimos nuestros primeros años en lo que prácticamente era una cuartería. Apenas permanecimos allí hasta los cuatro años, por lo que no era consciente de la situación económica de la familia. La pobreza es una palabra que aprendí mucho después. Lo que guardo son imágenes lejanas y difusas: patios compartidos, voces de vecinos, puertas abiertas y una vida sencilla que entonces me parecía completamente normal.

Después llegamos a Carrizal del Sur. Allí comenzó la infancia que realmente habita en mi memoria. Los amigos, el colegio, las tardes interminables en la calle y los sueños que parecían enormes. No teníamos mucho, pero tampoco sentíamos que nos faltara lo esencial.

Las bicicletas, por ejemplo, llegaron tarde. Muy tarde. Fueron compradas a plazos en la tienda de Abelito, y hubo que esperar pacientemente mientras se iban pagando poco a poco. Pero quizá por eso las disfrutamos tanto. Aquellas bicicletas no eran simplemente un juguete; eran libertad, aventura y la posibilidad de ampliar un poco más los límites de nuestro mundo.

Mi madre fue la persona que hizo posible que las cosas fueran mejorando. Tras trabajar en los invernaderos, comenzó a impartir clases de mecanografía. Con esfuerzo, disciplina y una enorme determinación consiguió sacar adelante a la familia. Gracias a ella, mi hermano Roque y yo tuvimos oportunidades que parecían reservadas para otros.

Y fuimos felices.

La felicidad estaba en los amigos, en las fiestas del pueblo, en los veranos que parecían eternos, en las conversaciones al atardecer y en aquellas pequeñas conquistas cotidianas que hoy podrían parecer insignificantes, pero que entonces lo significaban todo.

Con el tiempo llegaron los viajes. He recorrido 26 países y más de 400 lugares del mundo. He visitado todas las islas Canarias y muchos de sus pueblos. He conocido paisajes extraordinarios, culturas fascinantes y horizontes que aquel niño jamás habría imaginado.

Y sin embargo, cuanto más lejos he llegado, más valor encuentro en aquellos comienzos humildes.

Porque la pobreza no fue una barrera. Fue un impulso. Me enseñó a apreciar cada oportunidad, a no dar nada por hecho y a entender que los sueños no dependen del lugar donde nacemos.

Cuando miro atrás, veo a dos hermanos corriendo por las calles de Carrizal, esperando una bicicleta que parecía no llegar nunca. Veo a una madre luchadora construyendo futuro con sus propias manos. Y veo a un niño que aún no sabía que un día recorrería el mundo.

Por eso, si algo he aprendido después de tantos caminos, es que no importa tanto de dónde vienes como la voluntad de seguir avanzando.

Y el camino, sin duda, mereció la pena.

sábado, 18 de abril de 2026

Que me quiten lo bailao

 He recorrido 24 países, 3 continentes y más de 300 lugares. He estado en sitios muy distintos entre sí: desde Islandia, donde vi la aurora boreal en una carretera oscura, hasta Egipto, cruzando en taxi el valle del Nilo entre Asuán y Luxor en un trayecto tan intenso como caótico. También en Estados Unidos, en lugares como Yosemite, o en Japón, en una isla tan particular como Naoshima. Y, por supuesto, en muchos rincones más cercanos.

Tres de esos lugares son Patrimonio de la Humanidad, pero, siendo sincero, lo más valioso que me llevo de todo ese camino no aparece en ninguna lista.

Está en la gente.

Viajar tiene algo muy concreto: te desmonta prejuicios sin hacer ruido. Empiezas viendo países y acabas recordando personas. Gente que ayuda sin pedir nada, que comparte lo poco que tiene, que se detiene a explicarte algo aunque no habléis el mismo idioma. No son grandes gestos, son detalles. Pero son esos detalles los que terminan definiendo un viaje.

Con el tiempo entiendes que la buena gente no es una excepción ni depende del lugar. La encuentras en una carretera perdida de Islandia, en medio del tráfico imposible de Egipto, en un parque nacional en Estados Unidos o en una isla japonesa dedicada al arte. Cambia el entorno, pero no esa forma de estar.

Y esa lección no solo viene de lejos. También sirve para mirar cerca. Porque no toda la gente próxima ha merecido la pena… aunque, siendo justos, alguna suma un poquín. No mucho, pero lo suficiente como para no meter a todos en el mismo saco.

Cuando miro atrás, no recuerdo solo paisajes o ciudades. Recuerdo caras, actitudes, momentos concretos. Y me queda una idea bastante clara: el mundo no es perfecto, pero funciona, en gran parte, gracias a gente normal que hace las cosas bien sin necesidad de que nadie se lo reconozca

sábado, 7 de marzo de 2026

miércoles, 25 de febrero de 2026

Sin miedo