sábado, 18 de abril de 2026

Que me quiten lo bailao

 He recorrido 24 países, 3 continentes y más de 300 lugares. He estado en sitios muy distintos entre sí: desde Islandia, donde vi la aurora boreal en una carretera oscura, hasta Egipto, cruzando en taxi el valle del Nilo entre Asuán y Luxor en un trayecto tan intenso como caótico. También en Estados Unidos, en lugares como Yosemite, o en Japón, en una isla tan particular como Naoshima. Y, por supuesto, en muchos rincones más cercanos.

Tres de esos lugares son Patrimonio de la Humanidad, pero, siendo sincero, lo más valioso que me llevo de todo ese camino no aparece en ninguna lista.

Está en la gente.

Viajar tiene algo muy concreto: te desmonta prejuicios sin hacer ruido. Empiezas viendo países y acabas recordando personas. Gente que ayuda sin pedir nada, que comparte lo poco que tiene, que se detiene a explicarte algo aunque no habléis el mismo idioma. No son grandes gestos, son detalles. Pero son esos detalles los que terminan definiendo un viaje.

Con el tiempo entiendes que la buena gente no es una excepción ni depende del lugar. La encuentras en una carretera perdida de Islandia, en medio del tráfico imposible de Egipto, en un parque nacional en Estados Unidos o en una isla japonesa dedicada al arte. Cambia el entorno, pero no esa forma de estar.

Y esa lección no solo viene de lejos. También sirve para mirar cerca. Porque no toda la gente próxima ha merecido la pena… aunque, siendo justos, alguna suma un poquín. No mucho, pero lo suficiente como para no meter a todos en el mismo saco.

Cuando miro atrás, no recuerdo solo paisajes o ciudades. Recuerdo caras, actitudes, momentos concretos. Y me queda una idea bastante clara: el mundo no es perfecto, pero funciona, en gran parte, gracias a gente normal que hace las cosas bien sin necesidad de que nadie se lo reconozca

sábado, 7 de marzo de 2026

miércoles, 25 de febrero de 2026

Sin miedo


 

domingo, 1 de febrero de 2026

¡Por fin, Petra!


He estado en lugares que parecían irreales.

He visto auroras bailar sobre una carretera vacía en Islandia. He caminado entre pirámides bajo el sol inmóvil de Egipto. He buscado sentido en Japón, donde el silencio también enseña. He sentido la pequeñez humana frente a las montañas de Yosemite, en California. He escuchado el trueno de Niágara subir en Canadá 

Esos lugares, y muchísimos más, me han regalado una forma distinta de mirar el mundo.

Y sin embargo, hoy, en Petra, sentí algo diferente. Entré a las siete de la mañana, cuando el día aún no sabía quién era. El Siq me recibió como una garganta de piedra que se traga el ruido del mundo.

Y entonces apareció el Tesoro.

No como un edificio, sino como una emoción súbita, como una puerta abierta a otro tiempo. Después comenzó la subida: tumbas, teatro, columnas, roca viva que cambia de color con el sol.

Mientras avanzaba pensé en los caminos que me habían traído hasta aquí: Islandia y su luz que parecía venir del más allá, Egipto y su obsesión por la eternidad, Japón y ese sentido profundo donde el silencio también enseña, Yosemite y su tamaño de catedral natural.

Comprendí que todos esos lugares no eran destinos aislados, eran estaciones de un mismo viaje. Pensé en los nabateos, en su fe en el sol, en su respeto por la montaña, en su manera de dialogar con la piedra y con el agua. Pensé en cómo el ser humano, cuando escucha a la tierra, es capaz de crear belleza sin violencia.


miércoles, 31 de diciembre de 2025

De San Francisco a Page y Julia Robert


Salí de San Francisco con el cuentakilómetros a cero y una idea clara: dejar que el viaje hiciera su trabajo. Tras Fresno, tomé la 58, una autopista recta y funcional, pensada para avanzar sin adornos. El Ford se enfrentaba a unos 1.200 kilómetros hasta Page, y lo sabía: se notaba en el ronroneo constante, en la disciplina del asfalto, en esa forma en que el motor acepta la distancia como un pacto. El desierto de Mojave apareció como una certeza: ancho, seco, definitivo.

Hinkley llegó pronto, justo después de que el paisaje se quedara sin concesiones. La parada fue breve, casi obligada. Bajé del coche y el silencio tenía peso. Pensé en Erin Brockovich, en la lucha contra lo invisible, en la dignidad de quienes no se rinden. Recordé a Julia Roberts poniendo rostro a una verdad incómoda, y entendí que hay lugares donde la memoria no es opcional. Arranqué de nuevo con respeto, como quien continúa tras inclinar la cabeza.

La noche me alcanzó en Las Vegas. Fea sin complejos, excesiva hasta el cansancio. Neones gastados, hoteles que prometen más de lo que pueden cumplir. Dormí poco. El Ford descansó lo justo. Al amanecer, salir fue un alivio: quedaban kilómetros, y eso era lo importante.

En Arizona dejé el coche y caminé un tramo del desierto. Pocos pasos, los suficientes para que el ruido se fuera. El suelo crujía, el sol mandaba y el tiempo dejó de empujar.

Llegué a Page con el marcador marcando lo que ya sabía el cuerpo: 1.200 kilómetros no son una cifra, son un proceso. La 58, Hinkley, la noche en Las Vegas y la caminata por Arizona hicieron su trabajo. El Ford cumplió. Yo también.