Mi madre es hija adoptiva predilecta; un reconocimiento, sin duda, a todas las mujeres emprendedoras de Carrizal del Sur. Pero antes de que aquella academia de Taquimecanografía existiera en nuestro pueblo (y lo pusiera en el mapa), tuvo que salir a trabajar.
Y recuerdo cómo llegaba de los invernaderos de La Banda (Agüimes) tan roja como los tomates que hacían rico a los dueños.
Poco después, encontró trabajo en Playa del Inglés, cuidando toda la tarde a unos niños de una pareja de extranjeros. Al anochecer, mi hermano Roque y yo, nos acercábamos hasta la bajada de la panadería de Los Castros, y nos alegrábamos verla aparecer calle arriba cansada, pero sonriente. Corríamos hasta ella y regresábamos juntos a casa.
Aquello eran 200 pesetas diarias, aquello era cenar raviolis de lata que comprábamos en la tienda de Susana.
Aquella fue Lolita Verona.