He podido estar en Francia, como seis o siete veces. Y he estado en diferentes etapas de mi vida, a cuál más distinta, eso sí, quienes no han cambiado son los pequeños franceses. Con esa altura, poseen el Don de mirar por encima del hombro a todo aquello que no huela a queso o vino transpirenáico. Pero esta entrada va de fútbol.
Yo me encontraba en un hotel en París el año que Zidane, en Alemania, empitonó a un italiano por mentarle a su hermana o madre. Y de repente la Ville lumière calló porque cayó ante los Italianos. A 300 metros de los Campos Elíseos estaba mi hotel, y hacia la muchedumbre callada se dirigía un Fiat 500 con cinco italianos, bandera en manos, con más huevos que todos aquellos franchuten que lloraban como plañideras tras la derrota ante la Escuadra.
En 2018, en Canadá rodeado de más afines a los franceses, era el único que jaleaba a los Croatas que perdieron en Rusia ante la selección gabacha. Y este domingo, me pilla en casa la final de Qatar, y esta vez con una Francia repleta de africanos (que prefiero, claro) enfrentándose a Messi. No sé si habrá "mano de dios" del otro 10 argentino mejor del mundo, por si acaso, me iré haciendo un Materazzi y recordando la concha...
¡Vamos, Argentina!