En el circuito, se acercó y me dijo que un piloto le dejaba rodar con una YAMAHA 600, de carburación y sin la electrónica que la 125 de él, sí tiene: de la vieja escuela, vamos. No era un impulso temerario, sino un deseo irrefrenable. Nunca fue mi sueño, a su edad, más allá de una bici comprada a plazos; pero entendí que no se trataba de la moto, sino de algo más profundo: su necesidad de probarse, de sentir la mezcla de miedo y libertad, sabiendo que yo estaba detrás, confiando.
En ese instante supe que autorizarle no era darle permiso para acelerar, sino para crecer.
