miércoles, 31 de diciembre de 2025

De San Francisco a Page y Julia Robert


Salí de San Francisco con el cuentakilómetros a cero y una idea clara: dejar que el viaje hiciera su trabajo. Tras Fresno, tomé la 58, una autopista recta y funcional, pensada para avanzar sin adornos. El Ford se enfrentaba a unos 1.200 kilómetros hasta Page, y lo sabía: se notaba en el ronroneo constante, en la disciplina del asfalto, en esa forma en que el motor acepta la distancia como un pacto. El desierto de Mojave apareció como una certeza: ancho, seco, definitivo.

Hinkley llegó pronto, justo después de que el paisaje se quedara sin concesiones. La parada fue breve, casi obligada. Bajé del coche y el silencio tenía peso. Pensé en Erin Brockovich, en la lucha contra lo invisible, en la dignidad de quienes no se rinden. Recordé a Julia Roberts poniendo rostro a una verdad incómoda, y entendí que hay lugares donde la memoria no es opcional. Arranqué de nuevo con respeto, como quien continúa tras inclinar la cabeza.

La noche me alcanzó en Las Vegas. Fea sin complejos, excesiva hasta el cansancio. Neones gastados, hoteles que prometen más de lo que pueden cumplir. Dormí poco. El Ford descansó lo justo. Al amanecer, salir fue un alivio: quedaban kilómetros, y eso era lo importante.

En Arizona dejé el coche y caminé un tramo del desierto. Pocos pasos, los suficientes para que el ruido se fuera. El suelo crujía, el sol mandaba y el tiempo dejó de empujar.

Llegué a Page con el marcador marcando lo que ya sabía el cuerpo: 1.200 kilómetros no son una cifra, son un proceso. La 58, Hinkley, la noche en Las Vegas y la caminata por Arizona hicieron su trabajo. El Ford cumplió. Yo también.