Mis primeros recuerdos no son de lugares ni de casas. Son de mi hermano Roque. Crecimos juntos, compartiendo juegos, travesuras y ese pequeño universo que para dos niños lo era todo.
Vivimos nuestros primeros años en lo que prácticamente era una cuartería. Apenas permanecimos allí hasta los cuatro años, por lo que no era consciente de la situación económica de la familia. La pobreza es una palabra que aprendí mucho después. Lo que guardo son imágenes lejanas y difusas: patios compartidos, voces de vecinos, puertas abiertas y una vida sencilla que entonces me parecía completamente normal.
Después llegamos a Carrizal del Sur. Allí comenzó la infancia que realmente habita en mi memoria. Los amigos, el colegio, las tardes interminables en la calle y los sueños que parecían enormes. No teníamos mucho, pero tampoco sentíamos que nos faltara lo esencial.
Las bicicletas, por ejemplo, llegaron tarde. Muy tarde. Fueron compradas a plazos en la tienda de Abelito, y hubo que esperar pacientemente mientras se iban pagando poco a poco. Pero quizá por eso las disfrutamos tanto. Aquellas bicicletas no eran simplemente un juguete; eran libertad, aventura y la posibilidad de ampliar un poco más los límites de nuestro mundo.
Mi madre fue la persona que hizo posible que las cosas fueran mejorando. Tras trabajar en los invernaderos, comenzó a impartir clases de mecanografía. Con esfuerzo, disciplina y una enorme determinación consiguió sacar adelante a la familia. Gracias a ella, mi hermano Roque y yo tuvimos oportunidades que parecían reservadas para otros.
Y fuimos felices.
La felicidad estaba en los amigos, en las fiestas del pueblo, en los veranos que parecían eternos, en las conversaciones al atardecer y en aquellas pequeñas conquistas cotidianas que hoy podrían parecer insignificantes, pero que entonces lo significaban todo.
Con el tiempo llegaron los viajes. He recorrido 26 países y más de 400 lugares del mundo. He visitado todas las islas Canarias y muchos de sus pueblos. He conocido paisajes extraordinarios, culturas fascinantes y horizontes que aquel niño jamás habría imaginado.
Y sin embargo, cuanto más lejos he llegado, más valor encuentro en aquellos comienzos humildes.
Porque la pobreza no fue una barrera. Fue un impulso. Me enseñó a apreciar cada oportunidad, a no dar nada por hecho y a entender que los sueños no dependen del lugar donde nacemos.
Cuando miro atrás, veo a dos hermanos corriendo por las calles de Carrizal, esperando una bicicleta que parecía no llegar nunca. Veo a una madre luchadora construyendo futuro con sus propias manos. Y veo a un niño que aún no sabía que un día recorrería el mundo.
Por eso, si algo he aprendido después de tantos caminos, es que no importa tanto de dónde vienes como la voluntad de seguir avanzando.
Y el camino, sin duda, mereció la pena.