Mi hermano Roque y yo esperábamos en la calle, cerca de la panadería de Los Castros, hasta que nuestra madre aparecía por la esquina. Se había levantado a las 6 y se ausentaba 12 horas para cuidar los hijos de una pareja extranjera en Playa del Inglés. Todos los días le pagaban 200 pesetas, de las cuales 50 cogíamos para correr a comprar un par de latas de raviolis, que nos encantaba, y unos panes en la tienda de Susana:. esa fue nuestra cena durante muchos meses.
Llegaba rendida, pero sonreía y eso nos gustaba más que los raviolis.
Y estoy plenamente convencido de que decidió cuidar a niños y niñas en nuestra casa a partir de esa experiencia y nuestro hogar se convirtió en una especie de guardería inolvidable por los llantos, risas y correteos de aquellos chiquillos. Y posteriormente decidió impartir clases de mecanografía y taquigrafía (era su titulación) en la habitación más grande de la casa la cual, se le quedó pequeña por lo que acondicionó la segunda planta y ya, aquello fue indescriptible: miles de jóvenes subieron aquellas escaleras y aprendieron mecanografía en la Academia de Lolita Verona durante dos décadas y ya no hubieron más esperas al atardecer, ni mocos que limpiar y mucho más que 200 pesetas al día.
Los raviolis siempre me recuerdan a aquella época de privaciones.