Mi primera niñez olía a privación y tomate. A las privaciones se acostumbra uno cuando vives entre cuatro paredes, cuatro, y te bañan con agua fría como aquel patio desnudo. Agua fría que había que ir a buscar en un bidón a casi medio kilómetro. El cambio de hogar, al pueblo, no fue a mejor porque el agua seguía siendo fría a pesar de las tuberías y en invierno se calentaba en un caldero en la cocina más pequeña del mundo. Y seguían siendo cuatro paredes y un patio; eso sí, más grande y empedrado.
Aún permanece la fachada de aquella casa vieja mirando triste a la calle Sor Josefa Morales. La misma calle por donde debían venir los Reyes Magos y bajar el callejón y muchos años no vinieron.
No obstante, prefiero el olor de la privación que el del tomate. La privaciones las consolaba mi madre, el tomate no.