No tener bicicleta hasta los 14 años no me produjo ningún problema de autoestima ni sentí la necesidad de crearme una realidad paralela; quizá porque ser pobre lo había asimilado desde muy niño y lo llevaba en la piel. Piel, por cierto, que protegíamos aquellos veranos infinitos, con un ungüento que mi madre preparaba con vinagre y no recuerdo qué más.
Mi hermano y yo bajábamos a la playa caminando, unos tres kilómetros nos separaba de las casas de veraneo de nuestros amigos, hasta que mis padres compraron aquellas dos bicis a plazo unas navidades, en la tienda de don Abel. Todo se compraba a plazos.
Hoy veo la bicicleta de mi hijo en el garaje, que debe ir por la tercera o cuarta con trece años, no sé, y recuerdo sin rubor aquella BH azul que tantas tardes felices me dio.
