Mi hijo tenía apenas unos meses. Lo llevaba en brazos cuando una persona, mirándome, me dijo:
«Ojalá se te muera».
Esa persona sabe hacer daño. Se había especializado en encontrar dónde dolía y aquel día eligió el lugar exacto. Podía haberme insultado a mí de mil maneras. No lo hizo. Miró al niño que llevaba en brazos y puso allí las palabras.
Y acertó.
Sabía que aquella frase iba a anidar en mí. Y confieso algo que no me avergüenza: no la he superado. Han pasado los años, mi hijo creció, aquella criatura es hoy otra persona, y sin embargo hay palabras que el tiempo no consigue envejecer.
Tampoco perdono a quienes conocieron aquello y decidieron que no importaba demasiado, como afirmando aquellas palabras.
Pero no quiero compartir nada con ellos. Ni afecto, ni respeto, ni siquiera la ficción de que aquello fue una frase cualquiera. Me producen un rechazo profundo.
Porque aquella persona quiso hacerme daño y supo perfectamente cómo hacerlo.
Y quizá por eso jamás las olvidaré: porque descubrí que existen personas capaces de mirar a un padre con su hijo de meses en brazos y elegir, entre todas las palabras del mundo, la única destinada a acompañarlo durante toda la vida.
Hoy los he visto y siguen desprendiendo ese tufo que la maldad esparce.