Recuerdo hacer de vientre en cuclillas en un retrete fuera de la casa. Recuerdo el frío sin calefacción y los veranos infernales sin ventilador. Recuerdo no tener televisor y ver los dibujos en casa de la vecina. Recuerdo que todo aquello era normal, como era la presencia de nuestra madre siempre de allá para acá en aquel patio empedrado, soleado hasta molestar, y custodiado por una vieja palmera.
Un patio que era nuestro párvulo mundo, un patio para mi hermano y para mí, donde nos sentíamos arropados, protegidos y felices sin más posesión que nuestra madre.
