He recorrido 24 países, 3 continentes y más de 300 lugares. He estado en sitios muy distintos entre sí: desde Islandia, donde vi la aurora boreal en una carretera oscura, hasta Egipto, cruzando en taxi el valle del Nilo entre Asuán y Luxor en un trayecto tan intenso como caótico. También en Estados Unidos, en lugares como Yosemite, o en Japón, en una isla tan particular como Naoshima. Y, por supuesto, en muchos rincones más cercanos.
Tres de esos lugares son Patrimonio de la Humanidad, pero, siendo sincero, lo más valioso que me llevo de todo ese camino no aparece en ninguna lista.
Está en la gente.
Viajar tiene algo muy concreto: te desmonta prejuicios sin hacer ruido. Empiezas viendo países y acabas recordando personas. Gente que ayuda sin pedir nada, que comparte lo poco que tiene, que se detiene a explicarte algo aunque no habléis el mismo idioma. No son grandes gestos, son detalles. Pero son esos detalles los que terminan definiendo un viaje.
Con el tiempo entiendes que la buena gente no es una excepción ni depende del lugar. La encuentras en una carretera perdida de Islandia, en medio del tráfico imposible de Egipto, en un parque nacional en Estados Unidos o en una isla japonesa dedicada al arte. Cambia el entorno, pero no esa forma de estar.
Y esa lección no solo viene de lejos. También sirve para mirar cerca. Porque no toda la gente próxima ha merecido la pena… aunque, siendo justos, alguna suma un poquín. No mucho, pero lo suficiente como para no meter a todos en el mismo saco.
Cuando miro atrás, no recuerdo solo paisajes o ciudades. Recuerdo caras, actitudes, momentos concretos. Y me queda una idea bastante clara: el mundo no es perfecto, pero funciona, en gran parte, gracias a gente normal que hace las cosas bien sin necesidad de que nadie se lo reconozca
















